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Respeto político o los pañales de Ángel Sánchez

Gustavo Berriel. 20-07-2010

Se constata una mala oposición cuando no teniendo respuestas, en vez de guardar silencio y ganar tiempo para pensar, improvisan, insultan y llenan de vacío político un rico espacio destinado a propuestas y no a gestos de enfado y negación.

Una buena oposición es la que cuando estuvo en el Gobierno supo gestionar, desbloqueó proyectos e incrementó los ingresos de subvenciones, por ejemplo. Si gobernando, no supo gobernar, nadie espere que sepan fiscalizar, proponer, colaborar o construir en oposición.

Una mala oposición es la que queda cuando, tras gobernar, no deja de herencia más que un municipio endeudado, con déficit y las infraestructuras obsoletas sin el mantenimiento adecuado.

Es fácil diferenciar una buena de una mala oposición: basta con rascar tras el insulto, los descalificativos o las variadas y poco originales acusaciones. Si tras estas no hay un sólo argumento o razonamiento que alcance una mínima explicación de dos líneas, es porque nos encontramos ante un grupo de niños mal educados que juegan a ser adultos.

Toda oposición merece un respeto, no así toda acción. Prepotente, arrogante, autoritario, sinvergüenza, maleducado son descalificativos que implican acción, especialmente cuando, con tan pobre fin, se emplean los medios de comunicación y se ofrece un espectáculo de circo al lector o espectador.

Lo peor no es el agua sucia que le llueve a uno, sino cuando arremeten contra trabajadores, compañeros y técnicos que cada día sacan adelante más tarea que la que les corresponde, olvidando mentar junto al descalificativo elegido, sus años de estudio, de profesión y horas invertidas en obtener resultados satisfactorios para una comunidad, un proyecto, un deslinde consensuado o mil y una gestiones diferentes.

O existe respeto político, criterios políticos y no personales, responsabilidad de representación o en cualquier momento uno puede caer en los pañales de Ángel Sánchez, aquel que estando en oposición acusó al alcalde de no repartir pañales, sin darse cuenta de que a quien insultaba no era a quien quería sino a quien pretendía defender, y en primer lugar a su propia categoría personal, política y humana.

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