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Tindaya y el miedo

Juan Jiménez. 03-12-2009

Desde hace bastante tiempo el proyecto monumental que está previsto desarrollar en la montaña de Tindaya atraviesa un marasmo que se me antoja provocado por diversos estímulos, como si desde hace un par de años no interesara hablar mucho sobre esta idea que tantos desencuentros ha generado, tanto por su materialización y supuestos riesgos que encierra para la integridad estructural de la roca, como por el enorme agujero económico de miles de millones de pesetas, nunca aclarado por el Gobierno de Canarias, que han lastrado una visión que empieza a hacer bastante tiempo tuvo un genial artista.

Desde la distancia geográfica -de Fuerteventura al País Vasco- y desde el tiempo que ha pasado desde el fallecimiento de Eduardo Chillida, hay elementos sentimentales que quizás se nos escapan a la mayoría de los que opinamos sobre este asunto. Tiendo a creer que la plasmación en papel o en una maqueta de ese proyecto, o de cualquier otro, no refleja nunca la ensoñación del creador. Sencillamente porque no es posible abordar cada uno de todos los impulsos estéticos y resortes sensibles que alguien pueda tener a la hora de cristalizar una inspiración, incluso por muy pobre que resulte. Pues, después del tiempo transcurrido, y las vicisitudes que en torno al proyecto han surgido, a mucha gente le intriga saber qué pensaría hoy el propio Chillida sobre la finalidad del mismo. Quizás, si él pudiera emitir un juicio sobre lo que hoy convendría llevar a cabo, o no, se despejarían muchas dudas al respecto, pero eso resulta infructuoso por imposible, obviamente. El ocultamiento y la gran ambigüedad acerca de diversos y complejos extremos técnicos inherentes al proyecto y el retraso en la emisión de informes concluyentes del Gobierno de Canarias han propiciado que lo que se expanda ahora sobre el asunto Tindaya sea miedo, a las consecuencias de una defectuosa ejecución o a la propia resistencia de la naturaleza a la intervención humana.

Reconozco que en mi partido, el PSOE, siempre ha habido posturas encontradas sobre la viabilidad o la oportunidad, o la simple conveniencia, de cristalizar un gran cubo pretendidamente simbólico en el corazón de una montaña granítica emblemática de esta isla, independientemente de su proyección artística futura y sus consecuencias económicas posteriores. Yo mismo he albergado muchas dudas acerca de la necesidad real del mismo, y mi opinión, nunca suficientemente formada sobre este asunto, ha ido viajando en pos de los distintos informes técnicos y jurídicos que desde distintos sectores oficiales y extraoficiales han ido surgiendo a lo largo de estos años, así como desde mi etapa de estudiante, en que llegué incluso a impulsar protestas en la Universidad contra él, hasta hoy, en que, lo reconozco, aunque sigo albergando muchas dudas, no son tan enérgicas. Y lo cierto es que lo sigo pensando, reposadamente.

Con todo, la idea romántica de poder asistir a los ciclos lunares y solares desde el interior de una montaña, adornada con ancestrales vestigios indígenas, es un viejo sueño humano que en Tindaya podría hacerse realidad. De todos modos, intuyo que el miedo y el vértigo ante la plasmación de ese proyecto está muy presente, y es el factor determinante de que aún no haya salido adelante, aunque no creo que sean precisamente el atrevimiento o el retraimiento las causas de que finalmente no se haya llevado a cabo. Creo que son dudas mucho más razonables y tienen que ver directamente con el futuro, la más pesada de las razones.

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